
Cientos de personas abarrotaban la rotonda Cánovas, del hotel Palace de Madrid. A un lado, se elevaba un majestuoso sepulcro de aire clasicista, la supuesta tumba de un héroe griego. A las cuatro en punto, la orquesta atacó la marcha fúnebre, mientras la multitud contenía el aliento. Atenuaron la luz de las arañas y apareció el cortejo. Lo abría, envuelto en un elegante sudario de seda negra, Eddy Arcos, Fantômas, que iba a enterrarse en vida durante seis días, sin agua ni alimento alguno. Una dama se desvaneció cuando el célebre aventurero se detuvo ante el túmulo y posó las manos sobre el sarcófago.