14/02/11

Como ser un espía... y no morir en el intento

"Ni heridos ni prisioneros hay en estas actividades; solamente cadáveres", asegura el comandante Luis Canis Matutes en La organización informativa y el agente secreto, un manual de espionaje publicado en 1947, cuya portada podéis ampliar. No tiene despedicio. Ni la portada ni el libro. 

Unas pinceladas de historia

Luis Canis Matutes había formado parte de los servicios de información nacionales durante la Guerra Civil. Cuando escribió el libro, era oficial en los servicios de información de la Guardia Civil en Andalucía. Ascendió hasta llegar a ser general al mando de la Primera Zona del cuerpo; en 1965, dejó el cargo y pasó al Grupo de Destino del Cuerpo -incluyo la nota publicada en el ABC de Sevilla-.

En el prólogo del libro, el general José Ungría, que fue su superior en el SPIM franquista, Servicio de Información y Policía Militar, hace un elogio de la figura  de su subordinado y habla del nacimiento de aquel servicio.

Y miente. O se despista. O prefiere mirar para otra parte. O se le disapara el ego.

Asegura el general Ungría -por otro lado, un militar brillante-, que el "organismo fue improvisado de la cabeza a los pies, en las filas del Ejército Nacional". Eso no es cierto.

Desde el principio de la guerra, funcionó el SIFNE, Servicio de Información de la Frontera del Nordeste de España, montado con capital catalán en Biarrtitz y del que he hablado en otras entradas de este blog. Adjunto, como muestra, la portada del libro escrito en 1940 por el director de ese servicio, Josep Bertran i Musitu, uno de cuyos agentes era el escritor Josep Pla. Claro que el SIFNE era esencialmente civil y sus impulsores, catalanistas de derechas, acabaron siendo sospechosos de no ser lo bastante fieles al Caudillo. De hecho, su principal mecenas, el abogado, empresario y político Francesc Cambó, murió en Argentina en 1947. Se entiende, pues, la omisión de Ungría.

Lo que hay que tener

Veamos si tu perfil, querido lector, se ajusta a las características que el comandante Canis cree que debe reunir un buen agente de campo (de los años 40, claro). Transcribo, de forma literal por su interés, esos requisitos para ser espía y no morir en el intento:

"-Saber morse y manejar el manipulador, así como el heliógrafo, telégrafo y conocer el uso e instalación de los micrófonos. Igualmente ha de saber interceptar las conexiones telefónicas.

-Monta de caballos y, siendo factible, poder conducir el aeroplano y la canoa.

-Actuación en laboratorios fotográficos para poder utilizar la micrografía y la microfotografía.

-En el análisis de tintas, conocer todos los reveladores y borradores, pero con particularidad, los empeados para enlazarse con su organización y para escritos sobre la piel humana.

-Criptografía y criptotelegrafía, como conocimientos del descriptado. Cosidos morse (sic) y demás medios de mensajes ocultos con claves de agudo ingenio.

-No desconocer la técnica policial, referida particularmente a las siguientes disciplinas: hacer de la observación, la base de la investigación. Saber indagar teórica y prácticamente los actuales métodos y formas de  identificacié e información. Conseguir transformarse con propiedad en aquellos casos excepcionales que imponen circunstancias momentáneas.

-Conocer la Organización Central, administrativa y territorial, del país donde se encuentre; sus vías de comunicación, topografía, hidrografía, historia...

-Ideas sobre la Policía de comunicaciones, extranjeras y políticas de dicha nación.

-Servicio de Policía en las fronteras; control y documentación exigida a los extranjeros en el país que se pretenda visitar.

-Poseer generales conocimientos económicos, políticos y militares, así como nociones de sociología y psicología.

-Signos de la muerte y efectos de los venenos.

-Responsabilidad profesional y de mando.

-Idea general sobre la defensa pasiva".

Y, como guinda, cierro con un fragmento del plano real del frente de Aragón enviado por un agente del SIFNE a su cuartel general (también se amplía).





19/01/11

El espía que vino del desierto. Al Servicio Secreto de... la Generalitat

Marcelo de Argila fue el Director de los Servicios Secretos de la Generalitat en la Guerra Civil. Durante años, su identidad fue un misterio. Conocido como El Egipcio, descubrí su rastro cuando me documentaba para mi segunda novela, También mueren ángeles en primavera. Esta es su historia.

Egipto, 1905
A principios del siglo XX, Egipto era, de facto, un protectorado británico gobernado por el jedive Abbas Hilmi II. Los imperios otomano y británico pugnaban por el control de Oriente Próximo, con Francia como tercera en discordia. Alejandría, en la costa del Mediterráneo, era la puerta de entrada al país y su centro comercial más activo, mientras que El Cairo ostentaba la capitalidad administrativa y económica.

Un catalán de El Cairo
En aquellos años, el periodista barcelonés Jaime de Argila vivía en El Cairo y escribía en dos periódicos incómodos para el poder, uno en lengua francesa y otro en árabe. Nacido en 1873, Jaime se había casado en Egipto con Eleonora Pazzaglia, hija de un próspero comerciante italiano que exportaba productos orientales hacia Europa.

En la capital egipcia vino al mundo, en 1905, su hijo Marcelo, que treinta y un años después dirigiría los servicios de información de la Generalitat catalana, los más eficaces del bando republicano al inicio de la Guerra Civil.

La expulsión de Egipto
La actividad política y periodística de Jaime, próxima a los nacionalistas egipcios y a los intereses franceses, lo llevó a un enfrentamiento abierto con el cónsul general inglés, Evelyn Baring, que instó su expulsión cuando se cumplía la primera década del siglo.



El gentleman europ
eo

Tras la expulsión, la carrera periodística de Jaime de Argila se movió entre Barcelona, en donde dirigió El Día Gráfico y La Tribuna, París y Ginebra. En la ciudad suiza trabajó como corresponsal ante la Sociedad de Naciones (foto superior) y colaboró personal y profesionalmente con el Comité Panislámico, que luchaba por el fin del colonialismo en los países árabes y el Magreb.

Gracias a los continuos cambios de residencia y a las amistades de su padre, Marcelo de Argila creció en un ambiente cosmopolita que lo convirtió en un políglota dotado de un notable don de gentes. Además, su aspecto físico le permitía moverse con soltura por Europa y destacar en España: era alto, de cabello rubio rojizo, piel blanca y ojos azules. Consciente del impacto que causaba en sus interlocutores, cultivó unos modales de gentleman y un buen gusto en el vestir del que dio fe en sus memorias el líder anarquista y ministro de Justicia, Juan García Oliver.

Química y política
Marcelo de Argila estudió química y fue profesor de esta materia en la afamada Academia Cots, de la Puerta del Ángel de Barcelona. Algunos autores, sin embargo, partiendo de un lapsus de García Oliver en su autobiografía, lo describen como profesor de idiomas en la Academia Berlitz; no es de extrañar la confusión puesto que hablaba catalán, castellano, italiano, francés, inglés y árabe.

Se inició en la política de la mano de su padre, en el republicanismo radical; ambos eran masones y pertenecían a la misma logia, la Delta. Con la II República, se adhirió al partido Extrema Izquierda Federal, de una de cuyas facciones fue candidato al parlamento catalán en las elecciones de 1932.

Sindicalmente, aquella formación era cercana a la CNT, lo que explica el apoyo que recibió De Argila por parte de uno de sus líderes, García Oliver, cuando se hizo cargo de la dirección de los servicios de información catalanes, en otoño de 1936.

El Servicio Secreto
Cuando estalló la Guerra Civil, España no contaba con unos servicios secretos dignos del nombre. Un déficit histórico que ni los gobiernos de la monarquía, primero, ni los de la república, después, remediaron. Además, la mayor parte de los oficiales adscritos a las secciones de información de los estados mayores del ejército se habían sumado a la sublevación militar.

Conscientes del problema, la Generalitat y el Comité Central de Milicias Antifascistas –que tuvo el poder real durante los primeros meses de la guerra– decidieron crear unos servicios de información modernos.

El presidente catalán, Lluis Companys, delegó en el subsecretario de la conselleria de Defensa, comandante Vicente Guarner, (en la fotografía) mientras que el Comité Central de Milicias lo hizo en el cenetista José Margeli. Ambos eran masones y pensaron en el mismo hombre para dirigir los servicios, un hermano con contactos internacionales, políglota y de sólida formación científica: Marcelo de Argila.

El personal que se incorporó al nuevo servicio era voluntario; se trataba de policías, técnicos en comunicaciones, criptógrafos, fotógrafos... casi todos masones y de una probada capacidad profesional. Muy pronto, De Argila dirigió una organización de gran eficacia, cuyo cuartel general se estableció en la misteriosa Casa Sedó, en la confluencia de las calles Diputación y Bailén, en pleno Ensanche barcelonés.


Enemigos de talla
La nueva agencia secreta tuvo su mayor rival en el SIFNE fascista, el Servicio de Información de la Frontera Nordeste de España, generosamente dotado por empresarios catalanes que huyeron de la Ciudad Condal al inicio de la guerra. Su director era el exministro monárquico Josep Bertrán i Musitu y su sede estaba situada en un casón de Biarritz (Francia) llamado La grande frégate (en la fotografía); desde allí se coordinaba el trabajo de colaboradores en las principales capitales europeas y de simpatizantes en la retaguardia republicana, conocidos como quintacolumnistas.

En cuanto a los espías extranjeros, el servicio hizo la vida imposible a los agentes italianos, que se habían infiltrado en las fuerzas políticas y sindicales catalanas antes de la guerra. Marcelo de Argila contaba con material secreto robado en el consulado de Italia por un revientacajas anarquista, Miquel Albert. Ese material, al parecer, desvelaba los planes secretos de Mussolini para España.

El hombre que pudo parar la guerra
Antes de hacerse cargo de los servicios de información, Marcelo de Argila protagonizó un episodio poco conocido que pudo haber cambiado el rumbo de la guerra, en sus primeros meses, a favor de la República. La historia está resumida en el post titulado "El hombre que pudo parar la guerra".

El final
No desvelaré su final porque reventaría el de la novela También mueren ángeles en primavera. Digamos que franquistas, italianos y rusos estaban interesados en que desapareciera...

15/12/10

Fantômas, artista de cabaré

Viernes, 28 de abril de 1917

Cientos de personas abarrotaban la rotonda Cánovas, del hotel Palace de Madrid. A un lado, se elevaba un majestuoso sepulcro de aire clasicista, la supuesta tumba de un héroe griego. A las cuatro en punto, la orquesta atacó la marcha fúnebre, mientras la multitud contenía el aliento. Atenuaron la luz de las arañas y apareció el cortejo. Lo abría, envuelto en un elegante sudario de seda negra, Eddy Arcos, Fantômas, que iba a enterrarse en vida durante seis días, sin agua ni alimento alguno. Una dama se desvaneció cuando el célebre aventurero se detuvo ante el túmulo y posó las manos sobre el sarcófago.

–Su fracaso será inevitable. –Le advirtió un periodista–. ¡Seis días! ¡Cómo resistir!

–Resistiendo –respondió Eddy con una sonrisa atractiva, su mejor arma.

–¿Y si se vuelve usted loco?

–¡Ojalá! Pensaría grandes cosas. Pero no me volveré loco.

–¿Y si se muere usted? –insistió el plumilla.

–Sólo así quedaría derrotado.

Unas semanas antes

Tras su detención en septiembre de 1916, Arcos apenas permaneció en prisión cuatro meses. En enero de 1917, el juez ordenó su libertad. A pesar de todos los esfuerzos del comisario Fernández Luna, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, sólo se le pudo demostrar tenencia de herramientas para robo. Un delito menor.

En el ínterin, Arcos se había convertido en una celebridad y su nombre había llenado durante semanas las páginas de sucesos y de sociedad de la prensa española. Una bendición para su ego pero una maldición para su trabajo como ladrón de guante blanco.

Ya en la calle, Fantômas viajó a Portugal, esperando que la cosa se calmara. Regresó a Madrid en marzo de 1917 para reunirse con su amante, Leonor Fioravanti, y el hijo de ambos. La cosa pintaba mal, necesitaba dinero y no tenía forma de conseguirlo: en España la policía controlaba sus movimientos, Europa estaba en guerra y viajar a América era muy peligroso por culpa de los submarinos alemanes.

De perdidos al río. Arcos decidió explotar su fama. Lo anunció en El Liberal, el 1 de abril. “Tengo un proyecto...” –aseguraba. “He hecho un experimento que me ha dado gran resultado y quiero hacer público. Intento enterrarme vivo, a presencia de la gente, en el vestíbulo de un teatro. Me introduzco en un ataúd que tenga medio metro cuadrado de cristal en la tapa, me echan tierra encima, salvando el medio metro de cristal, y permanezco seis días sin comer ni salir del ataúd. (...) A los seis días hacemos el desenterramiento con toda solemnidad. ¿Qué le parece a usted? ¿Será negocio?”



4 de mayo de 1917

La rotonda Cánovas del hotel Palace volvía a estar a rebosar. A las cuatro y media de la tarde, cuatro forzudos desenterraron el ataúd de Eduardo Arcos y lo trasladaron a hombros hasta el escenario, mientras la orquesta interpretaba la marcha triunfal de Aída. Fantômas salió mareado, apoyándose en su ayudante. Hubo unos segundos de zozobra. Al fin, y recuperando su mejor sonrisa, el aventurero saludó a sus admiradores.

El entierro de Eddy fue muy lucrativo, tanto para él como para el hotel. Durante una semana, miles de personas desfilaron ante el sepulcro tras apoquinar sesenta céntimos. La afluencia de público fue tal, que el artista y la dirección del hotel decidieron prolongar el espectáculo un día más de los seis previstos. Madrid bien valía un funeral.

01/12/10

Locard, un Sherlock Holmes con microscopio

Tercera escena del episodio 16.º de la primera temporada de CSI (Las Vegas), titulado Demasiado fuerte para morir. El cuerpo de una mujer yace en la cuneta de una carretera de Nevada; el agente Nick Stokes y su jefe, Gil Grissom, examinan el cadáver.

Nick – Zapatos de tacón alto... quizás fue raptada. ¿Conocía al tío?¿Usó su coche o el de ella?

Grissom – Principio de Locard: se llevó parte de ella con él y dejó parte de él aquí.

Aquel era el homenaje de los famosos forenses televisivos a uno de los padres de la criminología moderna. El principio de intercambio de Locard revolucionó, en la década de 1920, la investigación criminal. Aún tiene –90 años después– plena vigencia.

El principio se refiere a la escena del crimen en su sentido amplio, tanto al lugar de los hechos como a los elementos que se encuentran en él. “Unas veces –escribió Locard– el malhechor deja sobre el lugar las señales de su paso; otras, por una acción inversa, se lleva sobre el cuerpo o la ropa indicios de su estancia o de su actividad”.

Simplificándolo: cualquier contacto deja un rastro.

Podéis ampliar la página donde formula el principio, del libro L’enquête criminelle et les Méthodes scientifiques (1920). También cuelgo la página en castellano del Manual de técnica policíaca (1935, original francés de 1923) en la que incide en esa idea.

Edmond Locard (Francia, 1877–1966) se licenció en derecho y doctoró en medicina en la universidad de Lyon, en donde fue alumno y ayudante de Alexandre Lacassagne, uno de los fundadores de la antropología criminal.

En 1910 creó y dirigió en aquella ciudad el primer laboratorio policial del mundo.

Locard dio un impulso fundamental a la ciencia forense y se convirtió en la primera autoridad mundial sobre la materia, como podéis comprobar en los dos recortes de prensa adjuntos, ambos de La Vanguardia. Son muy curiosos. En uno, de octubre de 1935, se recoge el encargo para descifrar los códigos secretos de la llamada –ojo al nombre– Federación Internacional de Ladrones; el otro, de febrero de 1936, trata sobre los intentos de desmontar fraudes en las carreras de caballos.









En España, Locard gozó de gran reputación y sus trabajos eran divulgados por las revistas científicas. Como botón de muestra, podéis ver la primera página de Policía científica, de enero de 1914; era una publicación especializada en criminología, que se editó en Madrid entre 1913 y 1914. El artículo trata sobre la poroscopia, una técnica impulsada por Locard para identificar huellas dactilares parciales o muy borrosas –invisibles– a partir de los poros de la piel.



Locard visitó Barcelona en diciembre de 1917, junto con otros eminentes médicos franceses. Pronunció una conferencia sobre medicina de guerra y fue agasajado por sus colegas y las autoridades locales. El recorte sobre el banquete oficial fue publicado en Mundo Gráfico, en enero de 1918. Más adelante, asesoró a José López de Sagredo para la creación del Laboratorio Criminalístico de Barcelona, al que dediqué un artículo.

Es interesante señalar que Sherlock Holmes ya adelantó el principio de intercambio en Peter el Negro (1904). “He investigado muchos crímenes –aseguraba el gran detective– pero aún no he encontrado ninguno cometido por un ser volador. Y mientras el criminal se sostenga sobre dos piernas, siempre quedará alguna señal, alguna rozadura, algún minúsculo desplazamiento detectable por un investigador científico”. Palabra de Holmes. Palabra de Locard.

08/05/10

Las cartas perdidas de Fantômas

Ahí están. Mágicas. Son solo cinco piezas de papel: tres cartas y una postal de Eduardo Eddy Arcos a la que fue su amante, Leonor Fioravanti, y otra carta al hijo de ésta, José Luis. Sin embargo, no deja de emocionarme tocar el papel que usó y leer los mensajes que escribió El rey de los ladrones hace unos setenta años. Han permanecido ocultas hasta que las encontró una sobrina de mi buen amigo Eduardo, el nieto de Fantômas.
Por orden cronológico, el primer documento es una postal enviada desde Cannes, en la Costa Azul francesa, en septiembre de 1936 (puede ampliarse la cara y la dorso). La firman Eddy Arcos y su hijo Eduardo. Leonor vivía entonces en Génova, tras haber pasado las primeras semanas de la Guerra Civil en Madrid. Eduardo junior iba camino de España para alistarse como piloto en el bando franquista. “Desde esta ciudad llena de encantos te enviamos un abrazo”, dice escuetamente el texto.
En diciembre de aquel año, Eddy (amplío su caligrafía y rúbrica) sigue en la Costa Azul pero estaba a punto de tomar un tren con destino desconocido –¿quizás a Barcelona para ayudar al detective Toni Ferrer?–. Tenía dinero, puesto que vivía en una ciudad cara, podía ayudar a su hijo y había enviado un giro postal a Leonor con “un dinero que en la situación actual te es tan necesario”.
Más propia de un caballero ladrón es la misiva de noviembre de 1939. Está fechada en Barcelona y en ella, Eddy contaba que había vuelto de una tournée delictiva por el sur y pedía a Leonor que le buscase hospedaje en Madrid, ciudad a la que se desplazaría en 1940. Consciente de que su foto hacía tiempo que estaba en las recepciones de los mejores establecimientos, subrayaba “que no sea un hotel”, como se aprecia en el recorte adjunto. La precaución no le sirvió de mucho, puesto que fue detenido en junio, como señala el recorte de La Vanguardia con el que cierro la entrada. Utilizaba su otra identidad habitual, Eduardo Morell.
La última carta es de marzo de 1942, a José Luis, hijo de Leonor. Eddy parecía cansado “nada nuevo que contarte, siempre las mismas dificultades para todo y pasando los días estúpidamente, sin hacer nada práctico”. Palabra de Fantômas.

30/03/10

Más perdido que un detective de Scotland Yard en Barcelona

El 28 de enero de 1907, trescientas corporaciones locales catalanas se reunieron en Barcelona para tratar sobre la inseguridad en la capital; grupos anarquistas llevaban años poniendo bombas sin que el gobierno hubiera sido capaz de atajar la sangría. Con unas condiciones sanitarias infectas en los barrios populares, tasas de mortandad superiores a las de Calcuta y unas enormes diferencias sociales, la ciudad era un polvorín.

La decisión más importante que se tomó en aquella asamblea fue la creación de una nueva policía que solo obedeciera las órdenes de las autoridades locales. Para dirigirla, se buscó a una persona que estuviera por encima de las luchas políticas españolas: el inglés Charles Arrow, Inspector Jefe del CID –Departamento de Investigación Criminal– de Scotland Yard, un policía experimentado y de prestigio. Su contrato, por tres años, fijaba un sueldo total de 2.700 libras esterlinas y un seguro de vida.

Arrow llegó el 21 de julio. Además de su propia policía –Oficina de Investigación Criminal, OIC– y de los diferentes cuerpos de seguridad del Estado, la lucha contra los anarquistas había reunido en Barcelona a agentes secretos británicos, al mando del coronel Morera, y a los franceses del inspector Bonnecarrère, enviado por la Prefectura de París. Aquello era un todos contra todos: cada cual colocaba topos en la competencia y usaba soplones que eran, en realidad, agentes dobles o triples. Un lío.

El antiguo detective de Scotland Yard se encontró con un panorama desolador. De las prometidas fuerzas uniformadas y de investigación no había noticias y solo contaba con dos inspectores, cuatro sargentos y treinta agentes para una ciudad con más de medio millón de habitantes. El gobernador civil, Ossorio, le esperaba con las uñas afiladas y el inspector jefe de la policía, Tressols, se la tenía jurada. Tressols –que luego crearía una de las agencias de detectives privados más importantes de España– era un mal enemigo; analfabeto, antiguo basurero y exconfidente de la policía, se hizo con una fortuna exprimiendo a cuantos delincuentes caían en sus manos.

Atizar a Arrow se convirtió en deporte nacional. Le zurraba por igual la prensa catalana y la madrileña, la seria y la de humor –arriba, un recorte de la revista Gedeón que imitaba a un famoso anuncio de agua mineral–. En cada pleno del ayuntamiento barcelonés llovían las críticas a su contratación, como puede leerse en la crónica de febrero de 1909 –para ampliarla, basta con hacer clic sobre ella–.

Charles Arrow, que no hablaba castellano ni catalán, acabó aislado, comiendo paellas en los baños de la Barceloneta –ahí va la foto– y maldiciendo el día en que pidió la jubilación del Yard tras veintiséis años de servicio. A principios de 1909, había despedido a los dos inspectores de la OIC –que se dedicaron a rajar contra él en la prensa– y su situación se hizo insostenible. Meses después regresó a Londres, no sin antes haberse visto envuelto en la Semana Trágica.

En 1910 publicó varios artículos en el Evening News sobre su experiencia en Barcelona, con el título My Reminiscences. En 1926 dedicó a Barcelona un deformado capítulo de sus memorias, Rogues and Others. A ese libro corresponde la fotografía de uno de los sargentos de la OIC y del centinela de los Mozos de Escuadra.


Por aquella época, Arrow dirigía una próspera agencia de investigación privada de la que he encontrado un informe confidencial sobre un asunto de cuernos. Con él cierro la entrada.


20/02/10

El hombre que se parecía a Alfonso XIII

Antonio Llucià es una de las personalidades más enigmáticas del crimen de alto copete de la primera mitad del siglo XX. Si a Eduardo Arcos, Fantômas, se le consideraba el Rey de los ladrones, Llucià bien pudo ser –no es este un terreno en el que abunden las estadísticas– el Príncipe de los estafadores.
Nació en Capellades, un pueblo cercano a Igualada, en Barcelona, a finales de la década de 1880. A los 19 años decidió que la vida rural no estaba hecha para él y emigró a Cuba, donde vivió en casa de uno de sus tíos, en La Habana.
Afincado de nuevo en Barcelona, empezó su carrera como estafador en 1911. Un comerciante de la calle Borrell fue su primera víctima y 11.000 pesetas el primer botín. No era moco de pavo. Con ese dinero empezó a viajar por el mundo y a labrarse una más que dudosa reputación en las principales capitales de Europa y América.
Contaba el comisario Manuel Casal que Lluciá “tiene el raro privilegio de ganarse desde los primeros instantes el afecto y las simpatías de la alta sociedad”. Y se aprovechó, claro está. De buena planta, simpático y culto, en menos de cinco años, contrajo matrimonio con cuatro mujeres adineradas de Cuba, Perú, Brasil y Uruguay. Bígamo por partida doble. A las cuatro abandonó durante el viaje de novios tras robarles su dinero.
La boda en Montevideo, con doña Inés Prieto, acabó de una forma especialmente cruel. Usando el nombre de Orlando de la Riva, Lluciá engañó a la mujer y vació su joyero; después, empeñó las joyas. En un raro gesto, a medio camino entre la jactancia y la necedad, el estafador envió las papeletas de la casa de empeño a Inés con este mensaje:
“Idolatrada esposa: Dado mi temperamento febril y especial manera de ser, advierto ahora que la vida vulgar del matrimonio no se ha hecho para mí. Por eso, parto para lejanas tierras, en busca de nuevas emociones y diversiones frívolas. Como recuerdo grato de nuestra corta unión adjunto te envío las papeletas de empeño de tus más caras joyas. Resígnate, pues, y que Dios te proteja, Doña Inés del alma mía. Orlando”.
De vuelta a España, volvería a casarse al menos en tres ocasiones más. “Es un ladrón comme il faut –escribió de él un cronista de sociedad en 1919, recorte superior– elegante, buen mozo, de trato exquisito, hombre culto, espiritual, que habla perfectamente español, francés, inglés, alemán, italiano y creo que también ruso”. Para un país con una delincuencia de navaja y trabuco, era una exótica novedad.
Los años 20 fueron para Lluciá muy agitados: la policía lo detenía, él se hacía el loco, lo ingresaban en un psiquiátrico y se escapaba. Sabía lo que hacía: en 1927, un juez lo declaró enajenado y sobreseyó todas las causas que se seguían contra él.
Tras ponerse repentinamente enfermo –quizás por una intoxicación alimentaria–, murió en octubre de 1930, cuando aún no había cumplido los 50 años. Vivía, por aquel entonces, en un lujoso piso del paseo de Gracia y dejó una fabulosa herencia. El monto de sus estafas alcanzó, según algunos medios, varios millones de pesetas. Una fortuna.
De entre los muchos episodios que protagonizó, mi favorito es el de su estancia en Saint-Moritz (Suiza). Se disfrazó de rey Alfonso XIII (foto de abajo) y se pateó todos los hoteles y restaurantes de lujo a cuenta del monarca. Las facturas, decía, debían enviarse a la Embajada de España. Aún están esperando para cobrarlas.
Como si de un Cid Campeador del crimen se tratara, Antonio Llucià ganó su última batalla después de muerto. En marzo de 1931, un industrial barcelonés presentó una denuncia contra un tal señor Gómez. Revisados los archivos policiales, Gómez resultó ser nuestro difunto estafador. Genio y figura.

10/02/10

Escuela de detectives con el comisario Casal

Nueva entrada tras un paréntesis excesivamente largo. No ha sido por vagancia: un proyecto para televisión y la preparación de dos cursillos –uno sobre la historia de la novela policíaca y otro sobre best sellers– me han mantenido ocupado durante dos meses. Por cierto, el próximo sábado 13 de febrero, a las 11 h, en la biblioteca de Llinars del Vallés, segunda sesión de ese último cursillo. La inscripción y la entrada son gratuitas. Nos lo pasaremos –creo– muy bien.
Al grano. El caballero cuya imagen abre el post es Manuel Casal, excomisario de policía y autor de uno de los manuales de detective privado más populares de los años 30 y 40. El libro, del que adjunto la portadilla, se titulaba La delincuencia y el hampa (manual del perfecto investigador). Recordad que todas las imágenes del blog se amplían.
A lo largo de sus 300 páginas, Casal realiza un resumen de las cuestiones que, en su opinión, debían conocer los agentes de la ley, los detectives privados y, en general, los amantes de la investigación criminal. Partidario de la profesionalización y especialización de la policía, creía, además, que debía impulsarse la investigación privada como auxiliar necesario de los cuerpos de seguridad del estado. Así, señala que “si España no fuera un país retardario por excelencia y hasta quizá abandonado de la mano de Dios, deberían los que rigen sus destinos vulgarizar, auxiliar, proteger de un modo resuelto la creación de esta clase de escuelas detectivescas”.
El manual se divide en cinco partes. La primera se titula, Breves apuntes sobre el arte de investigar; la segunda, Las hazañas de la dorada hampa; la tercera, La baja hampa en acción. A este apartado pertenecen las imágenes situadas al pie, dos grabados impagables que muestran a un aprendiz de afanador y a un carterista de tranvía.














El cuarto gran apartado es Vulgarización científica, en donde resume los grandes hitos de la criminología de la época; recojo, a modo de ejemplo, la correcta manera de tomar medidas a un sospechoso. La última parte del manual se dedica a las Lacras sociales, que estaban, según el autor, en el origen de la delincuencia.
Manuel Casal ofrecía muchos consejos a los detectives en ciernes y describía las características básicas de un buen profesional de la investigación. “Quien pretenda ejercer la delicada profesión de investigador –decía– ha de estar, ante todo, exento de defectos físicos y morales; poseer lo que se llama “don de gentes”, gran espíritu de agudeza, sagacidad e inteligencia bastante cultivada; vestirá con decencia, y, finalmente, ha de poseer cierta distinción y donaire, ya que en muchas de sus actuaciones se verá obligado a alternar con individuos pertenecientes a todas las clases sociales”. Amén.
Manuel Casal tuvo una carrera controvertida en la policía por sus críticas a los métodos expeditivos de sus superiores en la lucha contra los anarquistas en Barcelona, ciudad a la que fue destinado en septiembre de 1915 –incluyo el recorte de prensa–. En su libro El Origen y actuación de los pistoleros afirma: “bajo los auspicios del jesuítico y arbitrario capitán General Milans del Bosch y del funesto e hipócrita gobernador civil Maestre Laborde, auxiliados ambos por el jefe superior de la Policía, general Arlegui, quien, tras su exterior apacible y rostro blando de anciano patriarcal, ocultaba un alma ruin”. Varios de los documentos que aportaba fueron utilizados por Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta.
Manuel Casal Gómez, Comisario del Cuerpo General de Policía, ocupó los cargos de Jefe de Investigación y Vigilancia en Valencia, Málaga, La Coruña, Campo de Gibraltar y en la frontera vasco-navarra. Quien quiera ampliar la información encontrará un interesante intercambio de mensajes entre el blogero catalán Max Aue y Alfonso de Lucas, profesor de literatura y prologuista de la edición de 1977 del citado libro sobre pistolerismo.

17/12/09

Vayamos de tiendas... o de grandes almacenes

Una de las escenas más importantes de También mueren ángeles en primavera tiene como escenario los Almacenes Jorba, en el Portal de l’Àngel de Barcelona, muy cerca de Telefónica, en donde estallaron los Hechos de Mayo de 1937.

El centro de la ciudad contaba en aquella época con más de media docena de esos gigantes comerciales, ubicados en magníficos edificios que, en su mayoría, todavía podemos admirar. Los tres más afamados eran El Siglo, Jorba y El Águila.

Los almacenes El Siglo, inaugurados en 1878, fueron los pioneros. Situados en la Rambla de los Estudios, tenían siete pisos de altura y una longitud equivalente a tres casas de vecinos. Un incendio los destruyó en 1932. Poco después, volvieron a abrir sus puertas en la cercana calle de Pelayo, en los locales de los almacenes Damians, un precioso edificio de hierro y cristal con una novedosa planta diáfana. En la actualidad lo ocupa la cadena de moda C&A.

Los responsables de El Siglo introdujeron técnicas de marketing aún vigentes. Así, crearon un servicio de venta a domicilio por correspondencia que editaba su propio catálogo. Disponían de una flota de 20 camiones que cubrían la provincia; a partir de 1930, ampliaron las entregas a toda la Península, Baleares y el Norte de África.


En 1926, se inauguraron los Almacenes Jorba, hoy El Corte Inglés. Se trataba de un enorme edificio de estilo clasicista en el que destacaba una gran cúpula, en la esquina, y sus grandes ventanales. En 1933, abrieron al público la terraza, con bar, restaurante y parque infantil; era un punto de encuentro de la burguesía local y una nueva forma de atraer clientes en la lucha sin cuartel contra sus competidores.

En ese terreno de la captación de clientes, los almacenes El Águila, en la plaza de la Universidad, fueron muy innovadores. Entre sus iniciativas más exitosas destaca el sorteo de automóviles, que eran un verdadero lujo para la mayor parte de las economías. Otro incendio los destruyó en 1981; muchos barceloneses recuerdan la enorme escultura del águila que coronaba el edificio y le daba nombre.


Junto a esos tres grandes, encontramos otros almacenes que completaban el mejor conjunto comercial de nuestro país. A quienes vivan o viajen a Barcelona les recomiendo una visita a El Indio, en la calle del Carme, que conserva su fantástica decoración modernista. En la década de 1980, cerraron los populares Almacenes Capitol, también de la calle Pelayo, que fueron conocidos en los años 30 y 40 como Almacenes Alemanes. En la calle de Caspe, se encontraba El Barato, la alternativa económica para quienes no podían acceder a los productos de Jorba o El Siglo.

Era aquel un panorama comercial poco tenía que envidiar al de hoy. Las promociones llegaron a incluir la entrega gratuita de un terreno como premio a la fidelidad de los clientes. La burbuja inmobiliaria aún quedaba lejos.

21/11/09

Los primeros detectives privados españoles

En los años 20 del siglo pasado, las agencias de detectives contaban con una auténtica Biblia, el International Police and Detective Directory, editado en San Francisco (Estados Unidos) en 1922. En sus más de 500 páginas, aparecen direcciones y teléfonos de detectives privados, cuerpos de policía y servicios relacionados –desde forenses a criminólogos– en los principales países del mundo.

La guía recoge siete agencias españolas, cinco en Barcelona y dos en Madrid. Las cinco catalanas son Antonio Tressols – Agencia de Policía Privada, American Office, Detectives Office, Instituto Mercantil Internacional y Detectives Sun. Las madrileñas son el Centro de Policía Particular y Detective Internacional. Había algunas más.

La primera agencia de detectives privados en España de la que tenemos noticia fue La Internacional. Se creó en 1907 –tres años antes de lo que se creía hasta ahora– en la barcelonesa calle Hospital (podéis ampliar el recorte adjunto, de enero de 1908). Su titular se presentaba como “Gran detective”. Para qué caer en la falsa modestia.

Algo después, en 1909, aparece una de las clásicas del sector: American Office, también en Barcelona. Y en 1910, abrieron sus puertas en la Ciudad Condal la de Enrique Cazeneuve, que se haría famoso por las primeras charlas radiofónicas sobre crímenes, y L’Humanité, del detective Julibert. En Madrid, en 1913 encontramos dos agencias consolidadas, La Protectora y Oficina Internacional de Detectives.

El caso de L’Humanité es muy interesante. Formado en Francia, su director, R. Julibert, impulsó, en 1917, la primera escuela de detectives privados de España; en el recorte de prensa podéis ver las asignaturas que se impartían. Al celebrar su décimo aniversario, en 1920, Julibert hizo un resumen de todos los casos en los que había trabajado la agencia desde su creación. Transcribo la lista de forma literal:

Pesquisas secreto-particulares civiles y criminales, 735.
Investigaciones con comprobación (adulterio) y vigilancia á varios, 484.
Investigaciones robo, hurto, estafa y chantage. 379.
Anónimos criminales y particulares comprobados,47.
Investigaciones sobre accidentes de pobreza, herencias mal adquiridas y falsificación de
documentos, 183.
Total de servicios tramitados, 1.803.
Créditos cobrados durante cinto años, 855 mil pesetas.

No consta ningún caso tan espectacular como el que cierra esta entrada, fechado en Nueva York en agosto de 1908: el caso del mono ladrón, publicado en el periódico La Correspondencia Española.