21/11/09

Los primeros detectives privados españoles

En los años 20 del siglo pasado, las agencias de detectives contaban con una auténtica Biblia, el International Police and Detective Directory, editado en San Francisco (Estados Unidos) en 1922. En sus más de 500 páginas, aparecen direcciones y teléfonos de detectives privados, cuerpos de policía y servicios relacionados –desde forenses a criminólogos– en los principales países del mundo.

La guía recoge siete agencias españolas, cinco en Barcelona y dos en Madrid. Las cinco catalanas son Antonio Tressols – Agencia de Policía Privada, American Office, Detectives Office, Instituto Mercantil Internacional y Detectives Sun. Las madrileñas son el Centro de Policía Particular y Detective Internacional. Había algunas más.

La primera agencia de detectives privados en España de la que tenemos noticia fue La Internacional. Se creó en 1907 –tres años antes de lo que se creía hasta ahora– en la barcelonesa calle Hospital (podéis ampliar el recorte adjunto, de enero de 1908). Su titular se presentaba como “Gran detective”. Para qué caer en la falsa modestia.

Algo después, en 1909, aparece una de las clásicas del sector: American Office, también en Barcelona. Y en 1910, abrieron sus puertas en la Ciudad Condal la de Enrique Cazeneuve, que se haría famoso por las primeras charlas radiofónicas sobre crímenes, y L’Humanité, del detective Julibert. En Madrid, en 1913 encontramos dos agencias consolidadas, La Protectora y Oficina Internacional de Detectives.

El caso de L’Humanité es muy interesante. Formado en Francia, su director, R. Julibert, impulsó, en 1917, la primera escuela de detectives privados de España; en el recorte de prensa podéis ver las asignaturas que se impartían. Al celebrar su décimo aniversario, en 1920, Julibert hizo un resumen de todos los casos en los que había trabajado la agencia desde su creación. Transcribo la lista de forma literal:

Pesquisas secreto-particulares civiles y criminales, 735.
Investigaciones con comprobación (adulterio) y vigilancia á varios, 484.
Investigaciones robo, hurto, estafa y chantage. 379.
Anónimos criminales y particulares comprobados,47.
Investigaciones sobre accidentes de pobreza, herencias mal adquiridas y falsificación de
documentos, 183.
Total de servicios tramitados, 1.803.
Créditos cobrados durante cinto años, 855 mil pesetas.

No consta ningún caso tan espectacular como el que cierra esta entrada, fechado en Nueva York en agosto de 1908: el caso del mono ladrón, publicado en el periódico La Correspondencia Española.

27/10/09

"CSI" en la Guerra Civil: el Laboratorio Criminalístico de Barcelona


En diciembre de 1936, en plena Guerra Civil, se inauguró el Laboratorio Criminalístico de Barcelona. Su primer director fue José López de Sagredo, jefe del Gabinete de Identificación de la policía y uno de los personajes reales de También mueren ángeles en primavera. Es más: un análisis del laboratorio es el que pone al detective Ferrer sobre la pista con la que resolverá el caso de los ángeles asesinados.

Aquel flamante centro de técnica policial se instaló en una hermosa casa modernista de la calle de Casanova, junto a la Diagonal. Contaba con laboratorios de química, biología, fotografía y gabinete de identificación dactiloscópica (fotos pequeñas que podéis ampliar). A pesar de las circunstancias del momento, era uno de los mejor dotados de Europa.

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Unas pinceladas de historia: el primer gabinete antropométrico de España –que medía a los detenidos para su posterior identificación– nació en Barcelona en 1895. En 1901, se crearon gabinetes antropométricos en las prisiones más importantes y, dos años después, se fundó la Escuela de Criminología.

Llegamos por fin, a 1913. El jefe del Gabinete de Identificación de Barcelona adoptó un nuevo método para archivar las fichas policiales. Hasta entonces, se guardaban ¡por orden alfabético!, de forma que, cuando se detenía a un individuo, se tenían que revisar todas las fichas una a una para comprobar su identidad. El sistema propuesto por Eloy Hernández –así se llamaba el jefe–, se basaba en el método Bertillon, que las archivaba según las características físicas de cada individuo. Fue el primer intento serio de dotar de una moderna rama científica a la policía española (recorte adjunto).

En la década siguiente, las huellas dactilares se consolidaron como sistema infalible de identificación. Uno de los casos paradigmáticos fue el robo de la casa Laffitte, de Barcelona, en mayo de 1925. En su resolución jugó un papel destacado un joven agente experto en dactiloscopia: José López de Sagredo –sí, “nuestro” López de Sagredo–. Los ladrones rompieron una ventana de la cocina y penetraron en la vivienda, se llevaron objetos de plata y piezas de vestir por valor de más de 2.000 pesetas, un buen botín. López de Sagredo reveló unas huellas en el cristal roto y descubrió al autor, un fulano con un historial largo como el brazo.

En los 30, López de Sagredo fue ascendiendo... y enfrentándose a sus jefes por culpa de la falta de profesionalidad de buena parte de los mandos y agentes del Cuerpo “que –según afirmaba– como tienen sueldo del Estado, ven en su profesión solo una solución de estómago”. En 1934, fue nombrado Jefe del Negociado de Identificación de los recién creados servicios de Orden Público catalanes. Desde ese instante empezó a diseñar el nuevo Laboratorio Crimanlístico que, por aquellas cosas del destino, se inauguró en unos momentos en los que la muerte violenta era mucho más que una presencia cotidiana en la ciudad y en el país.

20/10/09

Drama silenciado: Guerra Civil y trata de blancas


La trama de También mueren ángeles en primavera comienza el 20 de abril de 1937, el día en el que se vieron volar sobre Barcelona las primeras golondrinas del año. Sólo dos días después, el 22, acabó el rodaje de Barrios bajos, un largometraje producido por SIE Films –Sindicato de la Industria del Espectáculo–, dirigido por Pedro Puche y protagonizado por José Telmo y Rosita de Cabo, dos populares estrellas de la época.

La película no fue un éxito de taquilla pero tuvo la valentía de llevar a la pantalla un drama generalmente silenciado: la trata de blancas. Las escenas que sacudieron al público eran más duras por lo que sugerían que por lo que mostraban: al final de la historia, dos coches con muchachas –apenas unas adolescentes– se detenían junto a un barco en el puerto de Barcelona. Tras comprobar el estado de “la mercancía”, las embarcaban rumbo a América del Sur, donde serían explotadas como prostitutas.

En la vida real, las jóvenes atrapadas en esas redes solían acabar en Buenos Aires. Allí eran subastadas como ganado y vendidas a proxenetas de todo el continente. Las más bellas trabajarían en los burdeles de lujo de las grandes ciudades y las menos atractivas en lupanares inmundos de remotas zonas mineras, o en la selva.

En Rumania, Hungría, Polonia... chicas guapas, pobres y con familias a su cargo, eran engañadas por presuntos buscadores de talentos, que les ofrecían contratos como bailarinas o cantantes en Inglaterra y América, o por falsas empresas de colocación que les garantizaban trabajo en la hostelería y el servicio doméstico en países más prósperos.

¿Os suena? Han pasado 80 años y esos canallas siguen usando los mismos trucos.

Barcelona ocupaba un lugar destacado en las rutas de la trata de blancas. En Nadie debería matar en otoño, por ejemplo, hago referencia a un antiguo caso que resolvió Ferrer y que se basa en hechos reales. Varias de aquellas redes usaban el puerto de la Ciudad Condal como escala principal. Aquí, las muchachas eran obligadas a trabajar en películas pornográficas que se vendían luego en Alemania y los países escandinavos. Las que hablaban francés, trabajaban además en el burdel de madame Albina antes de embarcar hacia América. Incluyo, arriba, un recorte de junio de 1936 sobre la detención de dos individuos de una red hispano-argentina.

Cuando estalló la Guerra Civil, miles de jóvenes perdieron su empleo y se vieron abocadas a la prostitución para subsistir; otras, buscaban desesperadamente escapar del país en llamas. Aquel era terreno abonado para los tratantes de seres humanos, como vemos en otro recorte, de septiembre de 1936. Con las ya conocidas promesas de trabajo en Inglaterra o Estados Unidos, esas muchachas cayeron en manos de redes que las llevaban hacia Argentina y México, dos grandes mercados ávidos de carne fresca.

El problema debió ser de tal envergadura, que el cónsul británico en Barcelona –noticia siguiente– convocó a los periodistas el 16 de junio de 1937 para “llamar la atención sobre una presunta recluta de sirvientas para Inglaterra”; dio el aviso, “a fin de evitar posibles engaños”. Ya sabemos cuales.

Por desgracia, este es uno de los temas menos estudiados de un conflicto que, en otras cuestiones menos graves, ha sido analizado hasta el más mínimo detalle. Nadie ha contado aún el número de víctimas de aquel repugnante tráfico.

Acabo esta entrada con un pequeño documental argentino sobre la red de trata de blancas más importante del primer tercio del siglo XX, la Zwi Migdal. Estaba formada por proxenetas judíos argentinos, procedentes del Este de Europa, que no dudaron en esclavizar a jóvenes de los guetos judíos de sus países de origen. Mezclaban falsas ofertas de trabajo con matrimonios amañados, nada que hoy pueda sorprendernos.

30/09/09

El cine y las heroicas hazañas del marino Antonio Col

La Guerra Civil española fue el primer conflicto bélico de envergadura en el que se contó con una nueva y eficaz arma de propaganda: el cine sonoro. Aunque durante la Gran Guerra, de 1914 a 1918, el cine ya se utilizó para elevar la moral en la retaguardia, se trataba de películas mudas con una capacidad de persuasión limitada.

En 1927 todo cambió. La Warner produjo El cantor de jazz, el primer largometraje hablado de la historia. El sonido, con su enorme potencial evocador, abría posibilidades insospechadas. Las imágenes acompañadas de música, diálogos y discursos que salían de la pantalla misma, eran infinitamente más enardecedoras que los fotogramas desnudos. El cine político tenía el terreno abonado para crecer.

Pero, para desesperación de revolucionarios, en la retaguardia republicana los filmes mejor acogidos seguían siendo los norteamericanos, de evidente contenido burgués. Para los espectadores, la realidad era ya lo bastante cruda como para añadir las penurias de los personajes de ficción. En También mueren ángeles en primavera, una de las escenas importantes se desarrolla en el cine en el que proyectan uno de los éxitos del momento: Charlie Chan en Shanghai.

A pesar del gran despliegue publicitario con el que se anunciaban las películas soviéticas –con carteles en tranvías, autobuses y hasta en las farolas–, no cuajaron entre el gran público. Su grandilocuencia y unos personajes planos que lo sacrificaban todo en aras de la revolución, apestaban a propaganda. Ante su escaso tirón en taquilla, se les buscó una salida digna: camiones con equipos de proyección recorrían el frente para adoctrinar a los combatientes. Fue un acierto. Largometrajes como Los marinos del Cronstadt enaltecían a los soldados y favorecían su comportamiento heroico.

De entre todas las hazañas atribuidas a esa película, que recrea un episodio de la guerra civil rusa, destaca la del marino Antonio Col. Situémonos: otoño de 1936, trincheras republicanas en Madrid. Un grupo de jóvenes guardiamarinas defienden la posición. De repente, varios carros de combate fascistas aparecen en el horizonte. Inspirado por una escena de Los marinos de Cronstadt, sospechosamente parecida, Antonio Col toma la iniciativa. Así lo explicaba el periódico Claridad de 8 de noviembre:

“Un guardia marina avanza hacia los tanques cargado de bombas de mano. Tendido en el suelo esperó a que estuviesen cerca. Las ametralladoras de los tanques disparaban ráfagas de plomo contra el bravo guardia marina. Pero éste seguía esperando. Cuando los tuvo al alcance de las bombas, el guardia lanzó sus proyectiles. Los cuatro tanques facciosos quedaron inutilizados”.

Y la leyenda de Col empezó a crecer. Se estaba creando un héroe popular. Cada periódico explicó la historia según su tendencia e intereses. Así, ABC, El Sol, Ahora y Solidaridad Obrera “mataron” a Col en aquella acción, mientras que Heraldo de Madrid, Claridad y La Vanguardia (ahí está el recorte de 11 de noviembre) informaban de que murió días después en otro combate.

Todo este asunto remite a la división política republicana; ahí va un dato para meditar: la película se estrenó en Madrid –zona de influencia socialista y comunista– en octubre de 1936, mientras que en Barcelona –con mayor peso anarquista– no se proyectó hasta enero de 1937. ¿Casualidad? Por si os inspira acciones extraordinarias, este es un pequeño tráiler de Los marinos de Cronstadt con subtítulos en inglés.

16/09/09

El comisario, el detective y el robo del Tesoro del Delfín


El 3 de marzo de 1929, falleció el comisario Ramón Fernández-Luna, una de las figuras más brillantes de la policía española durante el primer cuarto del siglo XX. Fue él quien desenmascaró a Eduardo Arcos, Fantômas, en 1916 y el que, como se explica en Nadie debería matar en otoño, ofreció los primeros encargos profesionales a Toni Ferrer cuando éste se estableció como detective privado.

Fernández-Luna, durante años comisario jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, resolvió algunos de los casos más famosos de su época, como el crimen de El Federal, el del Capitán Sánchez –llevado al cine– y el robo del Tesoro del Delfín. En el reverso de esa trayectoria triunfal está su tormentosa estancia en Barcelona, en 1922, como inspector general de vigilancia a las órdenes del general Arlegui, protagonista de oscuros episodios de violencia policial en su lucha contra los anarquistas.

Miembro de una familia de tradición liberal, Ramón Fernández-Luna se enfrentó a los responsables de seguridad del dictador Primo de Rivera, a cuenta de los ascensos y de los traslados más o menos forzosos. En 1923 pidió la jubilación por razones de salud y fue apartado del servicio. Fuera del cuerpo, creó el Instituto Fernández-Luna, una de las primeras grandes agencias de detectives de España.

El robo del Tesoro del Delfín, en el Museo del Prado, en 1918, le permitió utilizar técnicas novedosas que hoy son rutina para la policía científica. El tesoro estaba formado por joyas y objetos artísticos que pertenecieron a Luis XIV de Francia, el Rey Sol. Felipe V lo trajo a España y Fernando VII lo donó al museo. Era, en realidad, la mitad de una colección de valor incalculable cuya otra parte se encontraba en el Louvre, de Paris. Ocupaba una amplia vitrina en la sala principal del Prado.


El 20 de septiembre de 1918, el subdirector del museo notó cierto desorden en la vitrina del tesoro. Alarmado, llamó a un conservador que, en una primera evaluación, echó de menos unas hermosas copas de oro y pedrería, la base de un aguamanil de oro cincelado y varios camafeos de oro y esmeraldas. De inmediato lo denunciaron ante el juez y la Dirección de Seguridad envió a su mejor hombre, Fernández-Luna.

El comisario se centró en el personal de la pinacoteca: las piezas habían sido sustraídas durante varios días, para no llamar la atención, y, según comprobó con la ayuda de un cerrajero, la cerradura fue abierta con una llave copiada de la original. La madeja empezó a desenredarse el día 25, cuando un joyero le confió sus sospechas sobre dos anticuarios, en cuyos locales encontraron casi todas las piezas robadas. En el interrogatorio, señalaron a dos individuos que resultaron ser celadores del museo. Un técnico consiguió huellas dactilares en los cristales de la vitrina y las comparó con las de los acusados. Encajaban.

El día 27, la policía identificó al cerebro del robo, Rafael Coba, un ludópata adicto a la buena vida; se había presentado a las pruebas para guardia del museo y, a pesar de mentir en aspectos clave de su biografía, fue admitido. Dispuso de noches enteras para elegir las piezas más valiosas. Fue detenido en octubre en La Carolina por agentes de la Brigada Móvil (foto inferior). Juzgado meses después, su caso abrió un debate sobre la protección de las obras de arte. Del lumbreras que lo contrató, en cambio, no sabemos si pagó su falta de diligencia o si se sonrojó, siquiera.

09/09/09

La maldición de "María de la O"


Quienes conocen al detective Toni Ferrer saben que cojea ligeramente y que la rodilla izquierda se le encasquilla de vez en cuando a consecuencia de un balazo; lo recibió durante la investigación del incendio que destruyó los estudios de cine Orphea, en el Palacio de la Química de Montjuïc, en febrero de 1936. El suceso conmocionó a una ciudad que se postulaba, sin éxito, como gran centro de producción cinematográfica del sur de Europa. La portada de La Vanguardia da fe del interés que despertó aquel drama.

El 6 de febrero fue un día grande para los cinéfilos. Por la mañana, en los estudios Orphea, se dio la primera vuelta de manivela al rodaje más esperado del año, María de la O, con Pastora Imperio, Carmen Amaya, Julio Peña y Antonio Moreno en los papeles protagonistas y la dirección de Francisco Elías, uno de los realizadores más populares del momento. Taquillazo seguro. Se invitó a toda la prensa española. Para oficiar como maestro de ceremonias viajó a Barcelona el productor, Saturnino Ulargui, que invitó a los periodistas a almorzar en el famoso restaurante Euzcadi.

Pocas horas después, el día 7, los estudios ardieron como una tea. El fuego se cobró una víctima mortal y provocó daños por más de un millón de pesetas, un dineral en un país cuyo sueldo industrial medio apenas superaba las 3.000 pesetas anuales. La compañía de seguros encargó la investigación a Ferrer –y en las novelas tenéis el desenlace–.
El incendio comenzó hacia las 6 de la mañana, en el plató n.º 2 de los estudios. Subidos a un andamio de diez metros de altura, unos obreros colocaban una capa aislante de paja y arpillera cuando, quizás a causa de un cortocircuito, una pila de arpillera empezó a arder. Entre paja y cartón piedra las llamas se extendieron con rapidez Dos operarios se lanzaron al suelo desde el andamio y sufrieron fracturas graves; a un tercero, Gil Carranza, burgalés de 24 años, la estructura se le vino encima antes de que pudiera ponerse a salvo. Murió aplastado y su cuerpo quedó carbonizado.

En aquel plató se encontraban los dos decorados principales de María de la O: el patio de una casa de vecinos de Sevilla y el estudio de un pintor. No se pudo salvar nada. Los productores tuvieron que volver a empezar en otros platós de menor tamaño y dotación técnica. Los Orphea fueron los primeros estudios construidos en España para rodar con el sonido y la tecnología más avanzados. Eran de capital francés con participación de la Generalitat y de algunos empresarios catalanes. El suceso fue recogido de inmediato por los noticiarios cinematográficos, como se puede comprobar en el anuncio de la sala Savoy del 11 de febrero.

El gafe de María de la O continuó en marzo, al estallar un conflicto laboral entre la Unión Española Profesional de Técnicos Cinematográficos y Orphea Films a propósito de la contratación de personal extranjero. Se paralizó la producción durante unos días hasta que el consejero de Trabajo solucionó el problema obligando a Orphea a despedir a tres técnicos franceses y sustituirlos por otros tantos españoles.

Por fin, el 14 de abril se dio por acabado el rodaje en interiores y el equipo se dirigió a Granada para los exteriores. La película se acabaría de montar en junio para proyectarla durante el verano. No dio tiempo. La maldición. Antes de distribuirla, estalló la Guerra Civil. Tres años después, con el país en ruinas, María de la O fue estrenada el 27 de noviembre de 1939 en los cines Imperial y Palacio de la Prensa de Madrid.Como cierre del artículo, disfrutad de algunas escenas de la película.

01/09/09

El criminólogo que metió la pata en el proceso más famoso de la historia


Olvidaos por un momento de CSI y demás películas realizadas a mayor gloria de los forenses norteamericanos. Hubo un tiempo en el que los grandes avances de la criminología vinieron de Francia. En También mueren ángeles en primavera explico la amistad que unía a José López de Sagredo, director del Laboratorio Criminalístico de Barcelona, y a Edmond Locard, su colega de Lyón, un Mozart de la ciencia forense que sintetizó lo mejor del pasado y sentó las bases para el desarrollo futuro de su disciplina.
En 1910, Locard cambió la historia de la criminología. Era ayudante de medicina legal en la universidad de Lyón cuando solicitó la cesión de dos habitaciones en el ático de la jefatura de policía y la asignación de dos asistentes. Así nació el primer laboratorio policial del mundo. Nada volvería a ser igual para delincuentes e investigadores, las reglas del juego habían cambiado.
Antes, a finales del siglo XIX, otro policía francés dio un impulso fundamental a la lucha contra el crimen. Se llamaba Alphonse Bertillon. Fue un hijo de su época: su prosa era barroca y su oratoria una pesadez –se le dormían los auditorios– pero era culto, terco, práctico, imaginativo y muy organizado. Y antisemita, también; este rasgo de su personalidad, común en la burguesía de la III República francesa, le otorgaría un triste papel en el juicio más famoso de la historia.
Muchas de las innovaciones que introdujo Bertillon siguen vigentes 120 años después.
Así, en 1882 sentó las bases de la antropometría como sistema para la identificación de criminales. Sostenía que midiendo determinados huesos que no cambian con el paso del tiempo y señalando marcas individuales, como tatuajes o cicatrices, podía identificarse a un criminal que estuviera convenientemente fichado; para ello, creó la metodología, el modelo de ficha y estandarizó las fotografías –de frente y de perfil ante una regla de tallar–. En poco tiempo se resolvieron más de 200 casos y su fama se extendió por todo el mundo.
Fue Bertillon quien desarrolló la fotografía métrica para recrear las medidas del escenario del crimen –que no debía ser alterado bajo ninguna circunstancia– y de los objetos que hubiera allí e introdujo las cintas pautadas que aún hoy se usan para fotografiar las pruebas. También diseñó los maletines con instrumental y reactivos para recoger muestras y realizar comprobaciones sencillas fuera del laboratorio.
Pero, como otros grandes genios, su brillante personalidad ocultaba una zona oscura y poco conocida relacionada con su ya mencionado antisemitismo. Pese a ser un mal grafólogo, testificó como experto contra el capitán Alfred Dreyfus, en uno de los escándalos políticos y judiciales más conocidos. Dreyfus, de origen judío, fue acusado injustamente de pasar documentos secretos a Alemania, degradado, condenado a cadena perpetua y deportado a la isla del Diablo. El testimonio de Bertillon, que atribuyó erróneamente a Dreyfus un escrito del verdadero culpable, fue fundamental para la acusación.
De aquel affaire surgió una nueva forma de periodismo y de compromiso moral de los intelectuales. Con su célebre artículo Yo acuso, el escritor Émile Zola defendió a Dreyfus y denunció los tejemanejes del ejército y del gobierno.
El apartado gráfico de esta entrada empieza –de arriba a abajo– con los retratos de Locard y Bertillon; luego encontramos una rareza: la ficha de identificación que Bertillon hizo a su amigo y colega inglés Sir Francis Galton. A continuación la ilustración que recoge su testimonio ante el tribunal que juzgaba a Dreyfus y la página del periódico L’Aurore con el Yo acuso original –que puede ampliarse y leerse–. Debajo de estas líneas, el tráiler de la película La vida de Émile Zola, de 1937, año en el que está situada la trama de También mueren ángeles en primavera. Casualidades.

02/08/09

El misterioso caso del millonario que se esfumó a 1.000 metros de altura... y sin dejar rastro


Martes 3 de julio de 1928, hacia las 20 h. Canal de la Mancha. Un trimotor Fokker vuela a 1.200 m de altitud rumbo sudeste; ha partido del aeródromo inglés de Croydon con destino a Bruselas. El cielo está despejado y sopla un viento flojo. El aparato es propiedad del empresario belga Alfred Loewenstein, uno de los hombres más ricos del mundo. Junto a él viajan el piloto y un ayudante, dos dactilógrafas –una para francés y otra para inglés–, su secretario, Hodges, y su ayuda de cámara, Baxter.
Al sobrevolar la costa francesa, en el Pas-de-Calais, el multimillonario va al lavabo.
No volvería a ser visto con vida.
En la vertical de Dunkerke, y extrañados por la tardanza, Hodges y Baxter llaman a la puerta del baño. Nadie responde. La abren. Su jefe no está. Miran tras unos paquetes, por si se hubiera desmayado. Tampoco. Todo está, en apariencia, en su lugar. Alfred Loewenstein se ha desvanecido en el aire. Literalmente.
El misterio de la habitación cerrada a 4.000 pies de altura.
Donald Drew, el piloto, desciende hasta rozar las olas y traza varios círculos sobre el agua, cree que el patrón se ha caído accidentalmente del aparato. Oscurece y pronto debe abandonar la búsqueda. Aterriza en la playa de Fort-Mardyck y pide ayuda por radio. A la 1:30 de la madrugada del día 4 de julio se hace oficial la desaparición y muerte casi segura de Loewenstein. En las bolsas de Londres y Paris cunde el pánico. Sus rivales, mientras tanto, se frotan las manos, están convencidos de que su imperio se hundirá como un castillo de naipes y que podrán repartirse los despojos.
El día 19 de julio, unos pescadores encuentran un cadáver flotando cerca de Dieppe. El cuerpo está desnudo pero una pulsera de oro permite identificar al empresario desaparecido. Se disparan las especulaciones: ¿asesinato o suicidio? Con la página del diario La Vanguardia del 6 de julio –puede ampliarse– nos hacemos una idea de la impresión causada por el suceso.
Hay teorías para todos los gustos y todas ellas cuentan con unas gotas de verosimilitud y un mucho de especulación. Es importante destacar que los aviones de la época permitían que la puerta se abriera en vuelo, aunque no sin dificultad ya que el aire sobre el fuselaje ejercía una fuerza tremenda.
Los partidarios del suicidio señalan que las deudas de Loewenstein habían crecido exponencialmente en los últimos años y que en pocos días debía pagar una suma desorbitada a un banco inglés, a la que no podía hacer frente; además, se le había visto pensativo y ausente durante varias semanas. El suicidio, sostienen, era una salida “honorable” ante el inminente hundimiento de sus empresas. Los que abogan por el asesinato, en cambio, aportan testigos que desmienten aquella actitud depresiva e indican que siempre había salido bien parado de sus jugadas más arriesgadas. Sostienen que un competidor pudo pagar a uno o varios de sus hombres de confianza para que lo eliminaran.
Una tercera vía apuesta por el accidente. Quizás mareado, se le vio sudando y con el nudo de la corbata deshecho, se confundió de puerta y en lugar de abrir la del lavabo abrió la portezuela del aeroplano y fue engullido por el aire. Es la versión oficial.
Nuestro país no escapó al terremoto económico que provocó la muerte de Loewenstein. Era uno de los principales accionistas de los ferrocarriles de Catalunya y de la Barcelona Traction, Light and Power Company, popularmente conocida como La Canadidense, primera hidroeléctrica de Europa y propietaria, entre otras, de la compañía de tranvías de Barcelona.
Sobre esta última ofrezco el precioso documental rodado en 1908 por Ricardo de Baños: un recorrido en tranvía a través de las principales calles de la ciudad. En otra entrada os hablaré de los hermanos Baños y de su producción documental y de ficción en los años 20, que incluyó, al menos, tres películas que hoy calificaríamos X.

27/07/09

La cupletista y los piratas de La Grande Frégate



Toni Ferrer, responsable operativo de los Servicios de Información de la Generalitat catalana en También mueren ángeles en primavera, hablaba con respeto de sus rivales franquistas, a los que apoda Los piratas de la Grande Frégate.
La Grande Frégate era un sólido casón de piedra situado en las afueras de Biarritz, en el País Vasco francés, apenas a 30 km de la frontera española. Allí se estableció en 1936 el SIFNE, Servicio de Información del Nordeste de España, la primera agencia de espionaje profesional con que contó el bando nacional. Su director fue el abogado y ex ministro monárquico, Josep Bertrán i Musitu. Lo más curioso es que tenía un carácter particular –casi de empresa– y no formaba parte del nuevo Estado.
Para su diseño, Bertrán contó con el asesoramiento y ayuda material de la Abwehr y de la Gestapo alemanas y de la OVRA y del SIM italianos. Pronto dispuso de una importante red de apoyos en Europa con una oficina de representación en París. Empresarios catalanes, como Francesc Cambó, ofrecieron su favor económico y político; el escritor Josep Pla y el periodista Carles Sentís formaron parte de sus colaboradores activos.
El SIFNE utilizaba cuatro vías de información: la prensa republicana –hasta el más pequeño boletín impreso artesanalmente en las trincheras–, los refugiados que huían de la llamada “zona roja”, espías enviados a Barcelona, Madrid y Valencia con distintas tapaderas y los quintacolumnistas, gente corriente que colaboraba con ellos cometiendo atentados, haciendo sabotajes o facilitando información de carácter militar a través de transmisiones de radio codificadas. Con esas fuentes, el SIFNE pudo elaborar más de 300 mapas y planos muy detallados de objetivos situados esencialmente en Catalunya y en el frente de Aragón (incluyo uno de ellos como ejemplo). En febrero de 1938, fue absorbido por los Servicios de Información Política y Militar que dirigía el coronel Ungría.
De entre toda la galería de personajes que, en un momento u otro, pudieron echar una mano a Bertrán y sus agentes, destaca la famosa cantante Raquel Meller. Según recoge el periódico ABC de Madrid, en agosto de 1937, una de sus villas en la Costa Azul, llamada Mar y Cielo, era utilizada como oficina provisional del SIFNE y alojamiento de agentes de paso hacia Alemania e Italia; reproducía un reportaje publicado días antes por un semanario de Marsella.

Raquel Meller, nombre artístico de Francisca Marqués, nació en Tarazona en 1888, y fue una de nuestras primeras grandes estrellas mediáticas. Debutó en 1907 en el Paralelo barcelonés, en donde popularizó las canciones La violetera y El relicario. En poco más de una década alcanzó un gran prestigio internacional, tanto en los escenarios como en las pantallas cinematográficas. Viajó a Francia por primera vez en 1919; años después se estableció en Niza y se atrevió, incluso, a cantar en francés, como se puede comprobar en el primero de los dos enlaces a YouTube. En Je ne sais pas, una coqueta Meller confiesa que “para pronunciar las palabras / lo digo con sinceridad / como soy española / tengo dificultad”. Tal cual.
En 1926, siendo ya una estrella europea, se trasladó a los Estados Unidos, con un buen aparato publicitario, como recoge el segundo de los enlaces que incluyo. Nada que envidiar a sus sucesoras del siglo XXI.

Los personajes (II) El hombre que pudo parar la guerra


Fijaos bien en la fotografía.

La tomaron el 20 de septiembre de 1936 en el Salón del Trono de la Capitanía General de Barcelona; hacía dos meses que había estallado la Guerra Civil. El primer personaje por la izquierda se llamaba Marcelo de Argila y era el director de los Servicios de Información de la Generalitat catalana, la agencia de contraespionaje más eficiente del bando republicano al inicio del conflicto.

Era un tipo alto, rubio y de ojos azules –la gomina y el material fotográfico de la época oscurecían el cabello–. Había nacido en Egipto, en 1905, de padre catalán y madre italiana. Masón y políglota... pero dejémoslo aquí. En otra entrada os explicaré algo más sobre la vida de este hombre inteligente y cosmopolita. Vale la pena.

Volvamos a Capitanía.

Marcelo de Argila sostenía en su mano derecha el acuerdo que acababan de firmar los nacionalistas marroquíes y el Comité Central de Milicias Antifascistas, un organismo controlado por los anarquistas que ejerció el poder en Catalunya durante el verano y el otoño de 36. Según el acuerdo, los marroquíes se sublevarían en el protectorado español en el norte de África, en la retaguardia del ejército de Franco, a cambio de la independencia. Con un poco de suerte, la guerra se acabaría.

Este arriesgado plan fue diseñado por Juan García Oliver, líder anarquista y futuro ministro de Justicia. La primera fase de la negociación se desarrolló en Ginebra. La delegación del Comité de Milicias estaba encabezada por Marcelo de Argila, que contaba con el apoyo de un viejo amigo personal, el emir Chekib Arslan, poeta y político druso libanés de gran influencia en el mundo árabe. Se entrevistó con miembros destacados del nacionalismo marroquí a los que convenció para que viajaran a Barcelona para cerrar el acuerdo. Son los dos hombres que aparecen a su lado en la foto, Mohamed el-Ouazzani y Mohamed el-Yazidi.

El pacto fue enviado a Madrid para su ratificación y acabó en el olvido. Por un lado, el gobierno español no estaba dispuesto a conceder autoridad alguna al Comité de Milicias; por otro, París presionó lo indecible contra el acuerdo, por temor a un contagio del movimiento independentista hacia el protectorado francés en Marruecos. Tras aquel fracaso, Juan García Oliver exclamó en una conversación con el presidente catalán Lluis Companys: “¡ahora sí que hemos perdido la guerra!”.

21/07/09

1924, el Karaoke gigante de los hermanos Fleischer

Cientos de personas cantan a la vez una melodía popular mientras una bolita saltarina les indica la letra y el ritmo correctos; el teatro entero está pendiente de la música y de los subtítulos que aparecen en la pantalla.
¿Es el sueño enfebrecido de un loco del karaoke?
No. La bouncing ball, la bola saltarina, fue una de las grandes novedades cinematográficas de 1926. Sus creadores, los hermanos Max y Dave Fleischer, iban a convertirse en los competidores más serios de Disney gracias a ese invento y a personajes inolvidables como Koko el payaso, Betty Boop o Popeye el marino.
Broadway, Nueva York, 1924. Los Fleischer iniciaron la producción de unos innovadores cortos que incorporaban sonido. Utilizaban el sistema Phonofilm, desarrollado por Lee De Forest, que registraba la música directamente sobre la película para su proyección sincronizada con las imágenes. Esta tecnología no ofrecía todavía mucha calidad, por lo que su uso quedó circunscrito a números musicales, vodevil y sketches cómicos. El cine sonoro, tal y como hoy lo conocemos, no nacería hasta 1929.

Con aquellos cortos, los hermanos pretendían convertir al público en parte activa del espectáculo. Para ello, introdujeron la bouncing ball. Se trataba de una bola que se movía por la pantalla indicando el ritmo de la canción que se proyectaba y se oía; la pelota saltaba de sílaba en sílaba sobre unos subtítulos que reproducían la letra. Karaoke en su fase primitiva y más espectacular. Entre 1924 y 1927 realizaron 36 de esos cortos, de unos 3 minutos cada uno, con el título Song Car-Tunes.
A partir de 1929 reanudaron la producción con el nombre de Screen Songs. Integraban dibujos animados e imágenes reales de los cantantes y las orquestas más populares del momento. La explosiva Betty Boop protagonizó algunos de ellos junto a artistas como Joan Crawford, Jean Harlow o Eddie Cantor, auténticas estrellas de Hollywood.
Incluyo una de esas Screen Songs, de algo más de 7 minutos de duración, realizada en 1932 (apretad el botón rojo HQ para mejorar la calidad). La primera parte es una deliciosa caricatura de un cabaré al que se añade, al final del vídeo, la actuación de la cantante francesa Irene Bordoni con una personalísima versión de Just a Gigolo. La letra aparece en pantalla y el público del teatro la canta siguiendo el ritmo de la bouncing ball.

En También mueren ángeles en primavera, Eddy explica al detective Ferrer su relación con Irene Bordoni en Nueva York, mientras escuchan en el gramófono la canción Let’s Misbehave, de Cole Porter. Podéis oír esta versión, de 1928, en el segundo de los enlaces.

Nota al pie. Por cierto –y sobre eso escribiré otro día–, uno de los grandes valedores del Phonofilm en España fue el dictador Miguel Primo de Rivera, que rodó algún que otro mensaje político con ese sistema sonoro.

14/07/09

One-Two-Two, el prostíbulo más famoso del mundo

Alguien me ha preguntado qué había de cierto en las notas sobre el prostíbulo One-Two-Two de París que incluyo en el capítulo VIII de También mueren ángeles en primavera. Para ellos –y para quienes lo descubran ahora– resumo la asombrosa historia del burdel más famoso del mundo en la década de los años 30 del siglo pasado.

Además de la belleza de sus meretrices, uno de los alicientes que dio fama al One fueron sus habitaciones temáticas. Había una para cada fantasía erótica. De entre ellas, destacaban el camarote del corsario, donde una prisionera aguardaba los embates del capitán pirata ataviada con un escueto collar de perlas; la habitación safari, en la que varias jovencitas africanas entregaban su cuerpo al gran cazador blanco, e, incluso, la reproducción exacta de un coche cama del ferrocarril, un sleeping en el que representar un encuentro erótico con una pasajera extraviada.

El One-Two-Two estaba situado en un anodino edificio decimonónico de tres pisos que fue propiedad de Joaquín Murat, mariscal de Francia, príncipe del Imperio y cuñado de Napoleón Bonaparte, en el 122 de la rue de Provence. En 1931, el emprendedor Marcel Jamet y su esposa Doriane, crearon el One y dos años después ampliaron el edificio original con cuatro plantas más. Las prostitutas más hermosas de Europa trabajaban para una selecta clientela que incluía a reyes, empresarios, políticos, deportistas y actores de fama internacional y carteras bien provistas.

El burdel abría a las 2 de la tarde y cerraba a las 5 de la madrugada. Disponía de 22 habitaciones, 10 salones y 12 duchas. Trabajaban unas 60 chicas a la vez, de las que 5 o 6 aceptaban la sodomía. Cada día lo visitaban 300 clientes que se bebían una media de 150 botellas de champagne. Las muchachas vivían fuera del edificio y libraban un día a la semana. En Navidad el prostíbulo permanecía cerrado; era el único día del año que lo hacía.

En 1937, el One vivió su primera crisis. Doriane, la madame, se encaprichó de un joven ayuda de cámara del rey Zogú de Albania y se fugó con él. El desolado Marcel Jamet encontró pronto consuelo en brazos de Fabienne, una antigua prostituta de la casa, hija de un policía de la Brigada Social. En 1947, en virtud de la orden de cierre de las casas de mala nota, el prostíbulo más famoso del mundo cerró sus puertas. Años después, cuando la mayoría de sus ilustres clientes había muerto, Fabienne publicó las suculentas memorias de su paso por el One.

11/07/09

Los personajes (1) Eduardo Arcos, Fantômas. El Rey de los ladrones


“Tienes que escribir una novela sobre él”, me piden algunos lectores. “Es que me gusta tanto como el detective Ferrer”, rematan. Si hiciéramos un símil cinematográfico, Eddy vendría a ser el actor de reparto que amenaza con comerse al protagonista a la que se descuide el director. Tal es su fuerza; así era él en realidad: un seductor.

¿Qué sé de Eduardo Arcos? Mucho y nada. Era un hombre con mil personalidades, un hábil constructor de mentiras que embaucó a la alta sociedad y a la prensa de media docena de ciudades en las que vivió de forma habitual a ambos lados del Atlántico. Distinguir entre lo cierto, lo falso y lo exagerado es, en su caso, una misión complicada. Ni siquiera la consulta de los archivos policiales aclara gran cosa. Eddy –siempre prefirió el diminutivo anglosajón– se inventaba una declaración a la medida de cada uno de los comisarios que, desde 1916, lo detuvieron.

Lo que parece seguro es que Eduardo Arcos Puig nació en Nueva York, de padres mallorquines. La fecha más probable es 1883. Revisando las columnas de sociedad de los periódicos argentinos y españoles de la década de 1910 se le descubre como piloto y millonario viajero que, en 1916, cumpliría 33 años. Y esa parece su edad en la fotografía policial de junio de aquel año, aunque declarara haber nacido en 1891. Además, sus primeros robos en París datan de 1905 y es difícil de creer que un muchacho de solo 14 años pudiera ser el autor. Robos al descuido, quizás; robos de cajas fuertes en hoteles de lujo, imposible.

Su época dorada fue de 1907 a 1916. Vivió en Buenos Aires como piloto, fue escritor en La Habana, noble español en Nueva York, escultor en Italia y millonario norteamericano en Madrid, Barcelona, París, Londres y Berlín. Se ganó el sobrenombre de Rey de los ladrones e inspiró la figura literaria de Fantômas, uno de los mitos de la novela criminal de la primera mitad del siglo XX.

Seductor incansable, se unió sentimentalmente con una joven argentina de origen italiano llamada Leonor Fioravanti Benigni. Tuvieron un hijo en agosto de 1915. Leonor era una mujer muy atractiva según los cánones de la época: rubia, alta, curvilínea y con una conversación ingeniosa e inteligente. La media naranja perfecta para un tipo de mundo como Eddy.

¿Colaboró Leonor en los robos? No lo sabemos. La policía no encontró en su equipaje una malla negra de seda para mujer. Eddy solía enfundarse en una cuando actuaba y se cubría con una capucha que solo dejaba al descubierto los ojos.

Pero, ¿cómo trabajaba Fantômas? ¿Por qué cayó en Madrid? ¿Qué hay de la ganzúa mágica capaz de abrir cualquier puerta que le incautó la policía? Atentos a próximas entradas.