15/12/10

Fantômas, artista de cabaré

Viernes, 28 de abril de 1917

Cientos de personas abarrotaban la rotonda Cánovas, del hotel Palace de Madrid. A un lado, se elevaba un majestuoso sepulcro de aire clasicista, la supuesta tumba de un héroe griego. A las cuatro en punto, la orquesta atacó la marcha fúnebre, mientras la multitud contenía el aliento. Atenuaron la luz de las arañas y apareció el cortejo. Lo abría, envuelto en un elegante sudario de seda negra, Eddy Arcos, Fantômas, que iba a enterrarse en vida durante seis días, sin agua ni alimento alguno. Una dama se desvaneció cuando el célebre aventurero se detuvo ante el túmulo y posó las manos sobre el sarcófago.

–Su fracaso será inevitable. –Le advirtió un periodista–. ¡Seis días! ¡Cómo resistir!

–Resistiendo –respondió Eddy con una sonrisa atractiva, su mejor arma.

–¿Y si se vuelve usted loco?

–¡Ojalá! Pensaría grandes cosas. Pero no me volveré loco.

–¿Y si se muere usted? –insistió el plumilla.

–Sólo así quedaría derrotado.

Unas semanas antes

Tras su detención en septiembre de 1916, Arcos apenas permaneció en prisión cuatro meses. En enero de 1917, el juez ordenó su libertad. A pesar de todos los esfuerzos del comisario Fernández Luna, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, sólo se le pudo demostrar tenencia de herramientas para robo. Un delito menor.

En el ínterin, Arcos se había convertido en una celebridad y su nombre había llenado durante semanas las páginas de sucesos y de sociedad de la prensa española. Una bendición para su ego pero una maldición para su trabajo como ladrón de guante blanco.

Ya en la calle, Fantômas viajó a Portugal, esperando que la cosa se calmara. Regresó a Madrid en marzo de 1917 para reunirse con su amante, Leonor Fioravanti, y el hijo de ambos. La cosa pintaba mal, necesitaba dinero y no tenía forma de conseguirlo: en España la policía controlaba sus movimientos, Europa estaba en guerra y viajar a América era muy peligroso por culpa de los submarinos alemanes.

De perdidos al río. Arcos decidió explotar su fama. Lo anunció en El Liberal, el 1 de abril. “Tengo un proyecto...” –aseguraba. “He hecho un experimento que me ha dado gran resultado y quiero hacer público. Intento enterrarme vivo, a presencia de la gente, en el vestíbulo de un teatro. Me introduzco en un ataúd que tenga medio metro cuadrado de cristal en la tapa, me echan tierra encima, salvando el medio metro de cristal, y permanezco seis días sin comer ni salir del ataúd. (...) A los seis días hacemos el desenterramiento con toda solemnidad. ¿Qué le parece a usted? ¿Será negocio?”



4 de mayo de 1917

La rotonda Cánovas del hotel Palace volvía a estar a rebosar. A las cuatro y media de la tarde, cuatro forzudos desenterraron el ataúd de Eduardo Arcos y lo trasladaron a hombros hasta el escenario, mientras la orquesta interpretaba la marcha triunfal de Aída. Fantômas salió mareado, apoyándose en su ayudante. Hubo unos segundos de zozobra. Al fin, y recuperando su mejor sonrisa, el aventurero saludó a sus admiradores.

El entierro de Eddy fue muy lucrativo, tanto para él como para el hotel. Durante una semana, miles de personas desfilaron ante el sepulcro tras apoquinar sesenta céntimos. La afluencia de público fue tal, que el artista y la dirección del hotel decidieron prolongar el espectáculo un día más de los seis previstos. Madrid bien valía un funeral.

01/12/10

Locard, un Sherlock Holmes con microscopio

Tercera escena del episodio 16.º de la primera temporada de CSI (Las Vegas), titulado Demasiado fuerte para morir. El cuerpo de una mujer yace en la cuneta de una carretera de Nevada; el agente Nick Stokes y su jefe, Gil Grissom, examinan el cadáver.

Nick – Zapatos de tacón alto... quizás fue raptada. ¿Conocía al tío?¿Usó su coche o el de ella?

Grissom – Principio de Locard: se llevó parte de ella con él y dejó parte de él aquí.

Aquel era el homenaje de los famosos forenses televisivos a uno de los padres de la criminología moderna. El principio de intercambio de Locard revolucionó, en la década de 1920, la investigación criminal. Aún tiene –90 años después– plena vigencia.

El principio se refiere a la escena del crimen en su sentido amplio, tanto al lugar de los hechos como a los elementos que se encuentran en él. “Unas veces –escribió Locard– el malhechor deja sobre el lugar las señales de su paso; otras, por una acción inversa, se lleva sobre el cuerpo o la ropa indicios de su estancia o de su actividad”.

Simplificándolo: cualquier contacto deja un rastro.

Podéis ampliar la página donde formula el principio, del libro L’enquête criminelle et les Méthodes scientifiques (1920). También cuelgo la página en castellano del Manual de técnica policíaca (1935, original francés de 1923) en la que incide en esa idea.

Edmond Locard (Francia, 1877–1966) se licenció en derecho y doctoró en medicina en la universidad de Lyon, en donde fue alumno y ayudante de Alexandre Lacassagne, uno de los fundadores de la antropología criminal.

En 1910 creó y dirigió en aquella ciudad el primer laboratorio policial del mundo.

Locard dio un impulso fundamental a la ciencia forense y se convirtió en la primera autoridad mundial sobre la materia, como podéis comprobar en los dos recortes de prensa adjuntos, ambos de La Vanguardia. Son muy curiosos. En uno, de octubre de 1935, se recoge el encargo para descifrar los códigos secretos de la llamada –ojo al nombre– Federación Internacional de Ladrones; el otro, de febrero de 1936, trata sobre los intentos de desmontar fraudes en las carreras de caballos.









En España, Locard gozó de gran reputación y sus trabajos eran divulgados por las revistas científicas. Como botón de muestra, podéis ver la primera página de Policía científica, de enero de 1914; era una publicación especializada en criminología, que se editó en Madrid entre 1913 y 1914. El artículo trata sobre la poroscopia, una técnica impulsada por Locard para identificar huellas dactilares parciales o muy borrosas –invisibles– a partir de los poros de la piel.



Locard visitó Barcelona en diciembre de 1917, junto con otros eminentes médicos franceses. Pronunció una conferencia sobre medicina de guerra y fue agasajado por sus colegas y las autoridades locales. El recorte sobre el banquete oficial fue publicado en Mundo Gráfico, en enero de 1918. Más adelante, asesoró a José López de Sagredo para la creación del Laboratorio Criminalístico de Barcelona, al que dediqué un artículo.

Es interesante señalar que Sherlock Holmes ya adelantó el principio de intercambio en Peter el Negro (1904). “He investigado muchos crímenes –aseguraba el gran detective– pero aún no he encontrado ninguno cometido por un ser volador. Y mientras el criminal se sostenga sobre dos piernas, siempre quedará alguna señal, alguna rozadura, algún minúsculo desplazamiento detectable por un investigador científico”. Palabra de Holmes. Palabra de Locard.