19/1/11

El espía que vino del desierto. Al Servicio Secreto de... la Generalitat

Marcelo de Argila fue el Director de los Servicios Secretos de la Generalitat en la Guerra Civil. Durante años, su identidad fue un misterio. Conocido como El Egipcio, descubrí su rastro cuando me documentaba para mi segunda novela, También mueren ángeles en primavera. Esta es su historia.


Egipto, 1905
A principios del siglo XX, Egipto era, de facto, un protectorado británico gobernado por el jedive Abbas Hilmi II. Los imperios otomano y británico pugnaban por el control de Oriente Próximo, con Francia como tercera en discordia. Alejandría, en la costa del Mediterráneo, era la puerta de entrada al país y su centro comercial más activo, mientras que El Cairo ostentaba la capitalidad administrativa y económica.

Un catalán de El Cairo
En aquellos años, el periodista barcelonés Jaime de Argila vivía en El Cairo y escribía en dos periódicos incómodos para el poder, uno en lengua francesa y otro en árabe. Nacido en 1873, Jaime se había casado en Egipto con Eleonora Pazzaglia, hija de un próspero comerciante italiano que exportaba productos orientales hacia Europa.

En la capital egipcia vino al mundo, en 1905, su hijo Marcelo, que treinta y un años después dirigiría los servicios de información de la Generalitat catalana, los más eficaces del bando republicano al inicio de la Guerra Civil.

La expulsión de Egipto
La actividad política y periodística de Jaime, próxima a los nacionalistas egipcios y a los intereses franceses, lo llevó a un enfrentamiento abierto con el cónsul general inglés, Evelyn Baring, que instó su expulsión cuando se cumplía la primera década del siglo.



El gentleman europ
eo

Tras la expulsión, la carrera periodística de Jaime de Argila se movió entre Barcelona, en donde dirigió El Día Gráfico y La Tribuna, París y Ginebra. En la ciudad suiza trabajó como corresponsal ante la Sociedad de Naciones (foto superior) y colaboró personal y profesionalmente con el Comité Panislámico, que luchaba por el fin del colonialismo en los países árabes y el Magreb.

Gracias a los continuos cambios de residencia y a las amistades de su padre, Marcelo de Argila creció en un ambiente cosmopolita que lo convirtió en un políglota dotado de un notable don de gentes. Además, su aspecto físico le permitía moverse con soltura por Europa y destacar en España: era alto, de cabello rubio rojizo, piel blanca y ojos azules. Consciente del impacto que causaba en sus interlocutores, cultivó unos modales de gentleman y un buen gusto en el vestir del que dio fe en sus memorias el líder anarquista y ministro de Justicia, Juan García Oliver.

Química y política
Marcelo de Argila estudió química y fue profesor de esta materia en la afamada Academia Cots, de la Puerta del Ángel de Barcelona. Algunos autores, sin embargo, partiendo de un lapsus de García Oliver en su autobiografía, lo describen como profesor de idiomas en la Academia Berlitz; no es de extrañar la confusión puesto que hablaba catalán, castellano, italiano, francés, inglés y árabe.

Se inició en la política de la mano de su padre, en el republicanismo radical; ambos eran masones y pertenecían a la misma logia, la Delta. Con la II República, se adhirió al partido Extrema Izquierda Federal, de una de cuyas facciones fue candidato al parlamento catalán en las elecciones de 1932.

Sindicalmente, aquella formación era cercana a la CNT, lo que explica el apoyo que recibió De Argila por parte de uno de sus líderes, García Oliver, cuando se hizo cargo de la dirección de los servicios de información catalanes, en otoño de 1936.

El Servicio Secreto
Cuando estalló la Guerra Civil, España no contaba con unos servicios secretos dignos del nombre. Un déficit histórico que ni los gobiernos de la monarquía, primero, ni los de la república, después, remediaron. Además, la mayor parte de los oficiales adscritos a las secciones de información de los estados mayores del ejército se habían sumado a la sublevación militar.

Conscientes del problema, la Generalitat y el Comité Central de Milicias Antifascistas –que tuvo el poder real durante los primeros meses de la guerra– decidieron crear unos servicios de información modernos.

El presidente catalán, Lluis Companys, delegó en el subsecretario de la conselleria de Defensa, comandante Vicente Guarner, (en la fotografía) mientras que el Comité Central de Milicias lo hizo en el cenetista José Margeli. Ambos eran masones y pensaron en el mismo hombre para dirigir los servicios, un hermano con contactos internacionales, políglota y de sólida formación científica: Marcelo de Argila.

El personal que se incorporó al nuevo servicio era voluntario; se trataba de policías, técnicos en comunicaciones, criptógrafos, fotógrafos... casi todos masones y de una probada capacidad profesional. Muy pronto, De Argila dirigió una organización de gran eficacia, cuyo cuartel general se estableció en la misteriosa Casa Sedó, en la confluencia de las calles Diputación y Bailén, en pleno Ensanche barcelonés.


Enemigos de talla
La nueva agencia secreta tuvo su mayor rival en el SIFNE fascista, el Servicio de Información de la Frontera Nordeste de España, generosamente dotado por empresarios catalanes que huyeron de la Ciudad Condal al inicio de la guerra. Su director era el exministro monárquico Josep Bertrán i Musitu y su sede estaba situada en un casón de Biarritz (Francia) llamado La grande frégate (en la fotografía); desde allí se coordinaba el trabajo de colaboradores en las principales capitales europeas y de simpatizantes en la retaguardia republicana, conocidos como quintacolumnistas.

En cuanto a los espías extranjeros, el servicio hizo la vida imposible a los agentes italianos, que se habían infiltrado en las fuerzas políticas y sindicales catalanas antes de la guerra. Marcelo de Argila contaba con material secreto robado en el consulado de Italia por un revientacajas anarquista, Miquel Albert. Ese material, al parecer, desvelaba los planes secretos de Mussolini para España.

El hombre que pudo parar la guerra
Antes de hacerse cargo de los servicios de información, Marcelo de Argila protagonizó un episodio poco conocido que pudo haber cambiado el rumbo de la guerra, en sus primeros meses, a favor de la República. La historia está resumida en el post titulado "El hombre que pudo parar la guerra".

El final
No desvelaré su final porque reventaría el de la novela También mueren ángeles en primavera. Digamos que franquistas, italianos y rusos estaban interesados en que desapareciera...

3 comentarios:

jordi dijo...

Marcelo era mi abuelo sabes si en el archivo ,,, en San cugat podría encontrar documentos de el

joarll57@gmail.com

José Luis Ibáñez Ridao dijo...

Hola, Jordi. Gracias por entrar. Imagino que hay cosas, pero no muchas. Ten en cuenta que, por propia definición, los servicios secretos no dejan mucha huella y, además, los rusos se adueñaron de todo lo que pudieron tras los Hechos de Mayo. Cuando me documentaba para el libro no pude acceder a ellos, aunque conseguí bastantes cosas por otras vías. Varios investigadores han buscado en el archivo y no han encontrado prácticamente nada. De hecho, un libro sobre los servicios de información en la Guerra, publicado casi al mismo tiempo que el mío, no identificaba a Marcelo y mantenía el tópico que acuñó García Oliver: El Egipcio. Para el futuro no descarto sumergirme en ellos y buscar. Quizás haya algo en el archivo Tarradellas de Poblet. Lo que pasa es que cada mes salen a la luz o se clasifican nuevos documentos y, más de cuatro años después de mi investigación, seguro que hay cosas nuevas.

Môonlú dijo...

Hola mi nombre es Marta...Marcelo era mi tio abuelo.....ya que mi abuelo paterno era el hermano de su mujer Consuelo....señor José....tengo información que le podria interesar..yo podria ayudarle y usted a mi porfavor mandeme un mensaje se lo agradeceria....Saludos a Jordi mi primo segundo...

envieme un email si fuera tan amable porfavor...

hipatia88@hotmail.es

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